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Soy fumador. Hace más de veinte años que no inhalo
una sola calada pero soy fumador. Es como ser cristiano. Se puede no
practicar la religión, pero una vez bautizado se es cristiano para
toda la vida.
Un
día estaba yo en la barra de un bar a eso de las once tomando un
tentempié de media mañana, cuando se coloca a mi lado un hombre de
mediana edad; sin mediar palabra le sirven una copa de coñac barato
mientras deposita sobre el mostrador el importe justo de la
consumición, la bebe de un solo trago, y se va.
Yo
tomo coñac muy de vez en cuando –no más de media docena de veces al
año- solo cuando se dan las circunstancias propicias: después de una
buena comida, con tiempo para una larga y relajada sobremesa
cómodamente sentado. Solo tomo destilados de alta calidad, espíritu
de excelentes vinos. Tomo la copa en mi mano, contemplo el precioso
color ambarino del líquido y observo como lagrimea por el cristal,
me dejo invadir por sus aromas y antes de depositarla de nuevo en la
mesa empapo la boca con un breve sorbo que la inundará de agradables
sensaciones durante largos y placenteros minutos. Pero falta algo
para que esos momentos sean completos: un buen puro.
Soy
un buen bebedor; consumo moderadamente bebidas de calidad -no
necesariamente caras- y las disfruto con parsimoniosa delectación,
pero para mi desgracia soy un pésimo fumador. Llegué a consumir dos
paquetes diarios de Ducados. Digo consumir y no fumar, pues era
imposible que fumara los dos cigarrillos que en ocasiones -de manera
inconsciente- mantenía encendidos simultáneamente. Ninguno de
aquellos cigarrillos me proporcionaba el más mínimo placer, solo la
imprescindible dosis de nicotina que exigía mi organismo y tal vez
una agarradera a la que asirme cuando me invadía el estrés y la
falta de autoconfianza. Era como el hombre que se bebía la copa de
coñac de un trago: no necesitaba coñac –era solo un vehículo- sino
el alcohol que contenía, y yo no tenía necesidad de tabaco, sino de
nicotina. Sí disfrutaba de vez en cuando de un buen habano durante
la sobremesa, sin prisas, o de una pipa que exigía aún mayor
parsimonia. Durante tres meses me propuse fumar exclusivamente en
una que me regaló mi esposa; al placer de saborear un buen tabaco se
añadía el cálido y suave tacto de la pulida madera de raíz de boj,
pero acabé recayendo en el cigarrillo compulsivo. Así que pasado un
tiempo me propuse abandonar el tabaco y tras varios intentos
fallidos lo conseguí, así, por la brava.
Han
pasado más de veinte años y aunque mi actividad me proporciona
demasiadas tentaciones, hasta ahora he conseguido superarlas. Estuve
a punto de sucumbir el año pasado durante el I congreso de críticos
gastronómicos. Después de la comida, Altadis nos ofreció una
sobremesa durante la que nos ilustraron con una interesante
conferencia sobre “La riqueza y la cultura del habano”. Ante mí,
mientras nos explicaban su origen elaboración y características, un
magnífico Montecristo “pirámides” y los adminículos necesarios para
su disfrute con que nos obsequiaba la casa: un elegante cenicero de
porcelana, un encendedor especial para puros y una guillotina;
además una copa de ron cubano añejo para acompañarlo. A mí alrededor
cerca de medio centenar de colegas disfrutaban del espléndido
veguero mientras yo me conformaba con acercarlo -apagado- a la nariz
para percibir el aroma fresco e intenso de la hoja seca y bien
curada del tabaco; hasta que al límite de la resistencia le dije a
mi amigo Vilabella que estaba en el asiento de al lado: José Manuel,
no puedo más, voy a encenderlo. Escuetamente y con cariñosa firmeza
me dijo: Jorge, no lo hagas. Gracias a él sigo siendo un fumador
inactivo y me libré de una segura recaída que me hubiera llevado, no
a fumar de vez en cuando, incluso cada día, un puro (¿donde hay que
firmar?), sino con toda seguridad a la compulsiva adicción que me
exigiría la nicotina que he dejado de administrarme durante dos
décadas.
Les
cuento todo esto para que vean que no soy de dan la tabarra tratando
de convencer al prójimo de lo pernicioso que es el tabaco y lo bien
que se siente uno después de dejar de fumar. Si son buenos fumadores
disfrútenlo y si como yo son unos drogodependientes allá ustedes, es
su problema, pero eso sí, muestren por los demás la misma tolerancia
y comprensión que yo les otorgo a ustedes.
No
digo que no fumen en el bar o si está habilitado para ello en el
restaurante –a veces me molesta el humo ajeno, pero también me
molesta la contaminación ambiental, acústica y de todo tipo que
sufro en la ciudad y no voy a pretender que corten el tráfico o
apaguen las calefacciones; si quiero aire puro me voy al campo y
santas pascuas- pero si que lo hagan con cierta consideración que no
es más de la que yo tenía cuando era fumador activo. Jamás fumé en
espacios cerrados aunque no estuviera prohibido (ascensores,
transportes públicos…) ni durante la comida; en este aspecto no solo
por deferencia hacia los demás comensales, sino por propio interés
(bastante anestesiaba las papilas durante todo el día como para
destrozar el esmerado trabajo del cocinero con un cigarrillo entre
plato y plato). Entre el aperitivo y el café declaraba una tregua,
un pacto de no agresión a mi paladar, aunque con ello no consiguiera
evitar los inoportunos humos de algún desaprensivo compañero de
mesa.
Disfruten o envenénense aspirando su humo mientras toman un café en
la barra pero, por favor, cuando lo expelan no lo hagan directamente
sobre mi cara -solo tienen que girar levemente la cabeza- ni
sostengan el humeante cigarro justo bajo mis narices cuando estoy
comiéndome el croissant. No son manías de fumador arrepentido, ni
fanatismo de converso, que no lo soy; solo que cuando como un
croissant me gusta que sepa a croissant igual que si pudiera (ojalá)
fumarme un puro me gustaría que me supiera a tabaco y no a Channel
nº5.
Pero cuidado, que no solo el humo de un Farias ajeno puede echarle a
perder una deliciosa comida. Imagínense la escena (o tal vez no lo
necesiten porque ya la han padecido). Está usted sentado a la mesa
de un establecimiento (por lo general una sidrería) de buena
reputación para comer –pongamos por caso- un espléndido arroz con
mariscos por el que va a pagar una pasta gansa. Le colocan sobre la
mesa la paella que desprende un exquisito aroma que se hace aún más
intenso cuando se sirve en el plato, y cuando más está disfrutando
ocurre la catástrofe; una humareda densa se expande por el local
portando un repelente olor a grasa quemada y contaminando el aire
con una peligrosa concentración de los cancerígenos benzopirenos.
¿Qué ocurre? No se alarmen. La cosa no va a ir más allá de amargarle
-intoxicando sus pulmones- la que se prometía placentera comida;
sencillamente en una mesa próxima alguien se divierte preparando un
“chuletón a la piedra”, que ya son ganas, con lo bien que lo haría
en la parrilla o la plancha el –seguramente espléndido- cocinero
profesional que obra en la bien equipada cocina donde no falta
detalle, con su campana extractora y todo. Pero “se vende muy bien”,
le dirá el propietario del establecimiento. Pues cuidado, no sea que
por vender más chuletones, vendan menos paellas, aunque a fuerza de
predicar algo –aunque poco- se va consiguiendo.
A ver si en el
congreso les sobra un rato y preparan una ley anti-chuletón, pero
mientras tanto señores restauradores, traten de convencer a sus
clientes de que en la cocina les preparan con pericia –que para eso
pagan- la carne al punto más de su gusto, y si se obstinan en
divertirse jugando a las cocinitas, invítenles a limpiar pescado,
picar cebolla o sacar brillo a las cacerolas, eso sí; todo incluido
en el precio con el chupito.
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