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Pote de Illas
por Ignacio Gracia Noriega
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Después
de haber escuchado los grandes elogios del pote de berzas que
preparan en el bar La Tenada en La Callezuela, concejo de Illas,
decidí hacer una exploración sobre el terreno y, desde luego, es
digno de que Juan Uría Maqua se lo ofrezca a otro general pakistaní
que venga a visitar los escenarios de la batalla de Lutos.
Previamente me había citado con Ana y Carlos Guardado en la Cantina
de la RENFE de Avilés, que fue uno de los grandes restaurantes de
Asturias y ahora se ha especializado en vermuts. Lamentablemente, no
puedo o no debo tomar vermut, y me dio mucha pena no haber aceptado
hace algún tiempo el que me ofrecía el barman de Logos, que lleva el
nombre de Benedicto, en homenaje a Benedicto XVI, y siendo éste un
gran Papa, culto, fuerte y sutil, el vermut ha de ser de calidad. En
la Cantina me consuelo visitando la exposición de muebles e
instrumentos marineros que Tito Fernández ha dispuesto en el piso de
arriba. Entre bronces, cobres y maderas pulimentadas, entre
bitácoras, telégrafos, timoneras, antenas, compases, sextantes,
octantes (uno precioso, de ébano y marfil, del siglo XVIII),
cronógrafos, barógrafos, campanas y reflectores, se extiende ante
nuestra vista el mundo preciso y nostálgico de la gran aventura de
la marina mercante: el de las novelas de Joseph Conrad. Se espera
para un día de éstos la visita de Sánchez Baizcategui, marino de
ilustre estirpe, con quien cené el otro día en Cudillero y cuya
madre fue entrañable amiga de la mía.
Bien empapados de alta mar, nos dirigimos Ana y Carlos, mi mujer y
yo al concejo de Illas, que es una isla de paz, de ruralismo, de
verdura, al sur de Avilés. Aquí la gente todavía trabaja al campo y
se ven vacas, tractores y zonas labradas en los campos. No se
perciben agresiones turísticas y, siendo un concejo rural, no hay en
él una sola casa rural, esa mixtificación del ruralismo para
turistas. Decía Ortega y Gasset que cuando todo estuviera perdido,
quedaría como elemento regenerador el ruralismo asturiano. Ahora
Asturias también se ha perdido (inevitable e imparablemente), pero
nos queda Illas. Un concejo muy pequeño, de poco más de mil
habitantes, muy vinculado a Avilés, pero sin límites con el gran
concejo industrial y marítimo. Situado al pie de la sierra de La
Peral, confina con Castrillón, Corvera, Llanera y Candamo. Según
apunta José González Aguirre, «es en general muy fértil y produce
toda clase de cereales, legumbres y frutas, sobre todo, mucha
manzana». La Callezuela, su capital, se encuentra en un valle suave
y verde; la carretera continúa hasta La Peral. La iglesia es a la
vez robusta y airosa, con un buen campanario; frente a ella está el
Ayuntamiento, que es la única casa del concejo que tiene ascensor y
detrás de la iglesia el bar La Tenada, en el que se fundó la peña
gastronómica llamada del Colesterol: curiosa peña, no sólo por su
nombre, sino porque admite mujeres entre sus miembros. Lo que me
recuerda nuestra Cofradía de la Mesa de Asturias, que fue la primera
que funcionó en Asturias de manera regular, durante muchos años,
precisamente por todo lo contrario. Según su presidente, Emilio
Alarcos, en la «peña» (como la llamaba Arturo Cortina) sólo podían
entrar las faldas de don Gabino (el Arzobispo, claro es).
La Tenada es un bar agradable, con el comedor en la parte de atrás,
de techo recorrido por una gran viga de madera a la vista y amplios
ventanales que se abren a verdes praderas y al Gorfolí, cuya cumbre,
llena de antenas, recuerda un toro que acaba de pasar por la suerte
de banderillas. Tanto el bar como el comedor están llenos, y pasadas
las cuatro de la tarde, todavía llegan clientes y son servidos,
amable y abundantemente, como si estuvieran en Casa Morán de Benia
de Onís, donde la infatigable Rosita Morán no permite que nadie que
entra en sus comedores salga sin comer por una cuestión tan
rutinaria y burocrática como es el horario. La comida abunda, tanto
en Casa Morán como en La Tenada, dos altas glorificaciones de la
excelente cocina rural asturiana. Aunque Carlos Guardado me había
hablado de «un pote de berzas», poco esperaba yo encontrarme con una
nueva versión, corregida y aumentada, del menú interminable y
fabuloso de Campiello. Todo, natural y soberbio, guisado con mano
inspirada y experta. Se abre la comida con una sopa de aldea, que le
llaman, y que es la verdura caldosa que sobra del pote, con el
añadido de «borona»; después, el pote propiamente dicho, descomunal,
y aquí nos damos cuenta de que la comida no ha hecho más que
empezar, porque siguen huevos fritos con adobo y patatas, picadillo,
callos, cordero, carne guisada con arvejos, arroz con leche y queso
de La Peral. Después de comer, visitamos a Ester, que en la
actualidad mantiene encendida la llama de esta quesería fundada por
Antonio León Álvarez y cuyo queso, azul, cremoso, aromático y
ligeramente picante, constituyó el gran éxito de la boda de doña
Letizia y don Felipe: por lo que Ester puede hacer grabar en su
blasón el título de «Proveedor de la Real Casa». De regreso a
Avilés, es inexcusable visitar al gran Félix Loya, a quien se le va
a hacer un merecido homenaje próximamente, por sus más de sesenta
años al frente de uno de los grandes restaurantes de Asturias. Por
lo que Félix y su mujer, cuya tradición continúan sus hijos y sus
nietos en Avilés, en Salinas y en Oviedo, merecen artículo aparte.
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